Alessandra y la mano del minero. Relato Erótico 2

Alessandra y la mano del minero. Relato Erótico 2

Cuando le pusieron Alessandra, sus padres se imaginaron una princesa. Sin embargo, la pequeña se convirtió en una mujer muy especial. A sus 25 años, tenía esa parada de mujer libre e inmortal. Hacía sentir que no le importaba el qué dirán, ni menos si alguien se ofendería con su actuar.
Andaba de viaje con sus amigas en el norte del país. Era noviembre, y ya se sentía el calor.
Querían llegan a Tacna y el bus era la única opción.
Mochila al hombro, subió al Pullman que llevaba de Santiago a Arica. Árido y caluroso, los asientos afelpados se hacían asquerosos. Estaba cansada y la tarde se volvió aletargada y aburrida. Entonces, Alessandra tomó su frondosa cabellara crespa en un moño y partió al baño a cambiarse de ropa. Atrás quedó el jeans y salió del cubículo con una minifalda amplia anaranjada. Se sentía otra vez libre…
Vio un asiento desocupado, casi al fondo del bus y pensó que sería una buena oportunidad para descansar de sus amigas que hablaban y hablaban sin cesar.
-“Permiso, ¿me puedo sentar?”, le dijo despacio al hombre que miraba la ventana en el asiento de al lado.
-“Claro”, titubeó.
El hombre de unos 34 años, sintió ruborizar sus mejillas morenas y bajó la vista. Y ella no pudo dejar de observarlo.
Tenía unas manos grandes y trabajadoras. De esas que tienen la piel reseca porque parecieran nunca descansar. Las uñas muy cortas y con algunas marcas oscuras que parecieran no les iban a salir nunca de ahí. Llevaba en sus pies un bolsito azul deportivo y un sweater como tejido a mano por alguien que quizás lo quería mucho.
Al verlo así, todo tímido, Alessandra no pudo contener su deseo de jugar con fuego y tentarlo. Era la presa perfecta del hombre correcto y asustadizo.
Conversaron tranquilamente. Se enteró que era minero desde siempre y que ya le tocaba volver a trabajar.
Ella casi le susurraba y sonreía de soslayo. Él estuvo siempre nervioso, hasta que cayó la noche…
-“Voy a tratar de dormir un poco”, le dice ella. Mientras Miguel, como se llamaba, asiente con la cabeza.
En eso pasa el auxiliar del bus repartiendo mantas, en un afán de provocar el sueño de los pasajeros. Las luces del bus se apagan y sólo quedan unas leves lucecitas azules para el pasillo.
Alessandra suelta su pelo castaño y abundante y se acurruca de lado, dándole la espalda a Miguel. Él, ya más confiado, la tapa con la manta y se cubre él también. Ella sonríe silenciosa y pega su cola un poco más a su compañero de viaje. Hasta que siente algo… algo que se mueve… Vuelve a sonreír como niña malvada. Está logrando prender el fuego.
…Una mano áspera y tibia se anima a rozar su cola, con suavidad y miedo en un principio… Con intensidad después. Ella no se mueve. La siente ahí acariciando sus nalgas y acepta el cariño pegándose más a él. Percibe cómo se agita su respiración y se excita. No puede evitar no calentarse ante tamaño atrevimiento.
Miguel se anima a dar un paso más y corre suavemente el calzón de Alessandra, para tocar con cuidado su vulva húmeda. Ella está muy mojada y eso lo enciende mucho más. Y al rozar sus labios, un dedo no puede evitar introducirse como pidiendo permiso para ir más allá… Alessandra agita la respiración y se encorva. Esa es la señal. Miguel entonces se permite tocarla con más ganas, con esas manos duras y resecas. Ella contiene los gritos que le provoca que él la masturbe ahí, en público con la señora sentada al otro lado del pasillo y las amigas unos pasos más allá. Y siente lo que nunca ha sentido. Él la toca con insistencia y ella siente que se viene… por primera vez. Lanza un alarido que es contenido por la mano de Miguel, que la atrae hacia sí para besar su cuello, mientras ella se eleva en un orgasmo que ni sabía que existían y que ese extraño le había provocado.
No quiere decir nada. No es necesario decir nada. Ni siquiera quiere mirarlo a la cara.
A la mañana siguiente, abre los ojos y Miguel ya no está. No lo sintió bajar del bus. Pero en su asiento una botella de buen vino le había dejado de regalo. Seguramente eso llevaba en ese bolso que tanto cuidaba. Sonrió con desilusión… Le habría gustado sentirlo otra vez y mejor… Nunca es suficiente.

Ilustración: Milo Manara.

Compartelo...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Comenta

*