Almuerzo en la Casa de Masajes. Relato Erótico #3

Almuerzo en la Casa de Masajes. Relato Erótico #3

Había sido una semana difícil y se sentía contracturada.
Despertó a la misma hora de siempre, pero el roce de la sábana entre sus piernas le erizó la piel. Natalia no usaba pijama. Siempre le molestó la ropa. Y el día anterior había alcanzado a pasar a depilarse y la piel de la zona estaba suave como la seda… y muy receptiva…
Entró a la ducha y no pudo evitar pasar el jabón más veces de las necesarias por aquellas partes que sentía vibraban solas. La música la acompañaba. Sonaba Pour Some Sugar On Me de Def Leppard y Natalia lamentaba no haber entrado a la ducha con su vibrador pequeñito que tanto le ayudaba. Pero ya era tarde y debía correr al trabajo. No sabe cómo siempre se demora tanto en salir de casa.
Natalia siempre quiso ser alta, de esas que miden 1.70 para arriba. Sin embargo, no creció mucho y su cuerpo no alcanzaba el metro 65. Para palear la diferencia de estatura, estaba dotada de un trasero enorme y paradito, y unos pechos de pezones rosados y gordotes. Sabía que no dejaba indiferente a nadie cuando pasaba por la calle, porque ella se sabía gata al moverse y al avanzar.
32 grados anunciaban para ese viernes y la morena se fue a la calle envestida de un traje azul a lunares ceñido y sentador. Los zapatos marcaban la diferencia. Los usaba altos. Muy altos. Los de ese viernes eran negros con suela roja y terraplén. Era de una de las pocas mujeres que sabía caminar con este calzado y parecer que pisaba nubes al hacerlo.
Bajo su traje, un pequeño colaless cubría su trasero recién depilado. Y el roce seguía siendo tema. El calor había humedecido la zona y correr al trabajo estaba provocando demasiado placer para ser tan temprano en la mañana. La excitación se volvió incómoda porque no la dejaba pensar en nada más. Y recordó que hace algunas semanas le comentaron que a dos cuadras de su oficina se había instalado nada menos que una casa de masajes. Pero no un spa de lujo, sino uno de masajes eróticos y tántricos. Estaba curiosa. ¿Cómo no estarlo…?.
Pidió hora para el almuerzo. Había que alimentar el cuerpo, pero de otra manera.
Las horas se hicieron eternas y la fantasía la estaba haciendo explotar.
El reloj marcó la 1 y ella corrió a este lugar que esperaba saciara la tensión sexual con la que había amanecido.
-“Pase”, le dice el masajista. Un tipo normal, vestido de blanco y con aires de no erotizar a nadie.
Natalia se puso nerviosa y sintió cierta desilusión. Esperaba otro ‘tipo’ de masajista. Pero bueno, ya estaba ahí y debería probar.
Pasó por una ducha tibia y se tendió en la camilla, como le indicaron. Todo blanco casi sanitizado. Música relax y aroma a incienso. La temperatura, a pesar del calor que había fuera, era perfecta.
Recostada sobre la camilla y ansiosa de que esto empezara, Natalia siente cómo el hombre le unta aceite de masajes por todo el cuerpo. Se sentía rico, relajante, sensual.
Masajeando sus piernas, subía por sus pantorrillas y muslos hasta llegar al glúteo. Una y otra vez. De fondo se oía All Mine de Portishead.
El movimiento tenso de sus manos sobre la cola movía inevitablemente los labios de su vulva provocando cierto cosquilleo delicioso.
De pronto, en ese intenso masaje, siente como uno de los dedos del hombre toca la entrada de su vagina, casi como si fuera casualidad. Ups! “¿Se habrá equivocado?”, se preguntó. Para luego desear intensamente que volviera a cometer ‘el error’.
Minutos después…. Ups! “La entrada se le movió, parece”, penso. Y roza su ano con cierta delicadeza e intención. El corazón comienza a latir más fuerte. Evidentemente excitada, el masajista recorre con caricias toda su espalda, hombros y cintura. Se siente rico. Muy rico…
“Date vuelta, por favor”, le dice el hombre. Ella, nerviosa, se gira y se percata que sus pezones están tan erectos por la estimulación sensitiva, que obviamente él se dará cuenta de que algo le está provocando. Pero, para su sorpresa, él apoya una pequeña toalla blanca sobre su pubis y sigue masajeando firmemente sus piernas sin siquiera mirarla a los ojos.
Ante la vergüenza, Natalia cierra los párpados y trata de hacerse la dormida. Pero no, la mano del hombre comienza a acercarse a su entrepierna y se siente tan rico… Con las dos manos acaricia entre los muslos y los labios, como apretando la vulva mientras frota…Y toma los labios para abrirlos con firmeza y frotar con sus dedos desde el clítoris hasta la vagina. Arriba y abajo. Intenso. Con ritmo. No se detiene. Y Natalia no puede detener un quejido que se convierte en grito cuando sus dedos ingresan con insistencia.
Tiene miedo de que la escuchen, pero ¡uf!, no puede detenerse. Encoge los dedos de los pies. Se le flecta una rodilla. Se le arquea la espalda. Y él arremete con más dedos y hasta el fondo. Mientras una mano se queda con su pezón y lo mantiene firme.
Natalia quiere que él entre. ¡Pero cómo! ¡No lo conoce! ¡Ni siquiera sabe su nombre!
Su vagina suena de lo mojada y ella sólo suplica en silencio de que él se anime a hacerlo. Pero está taaaannnn ricooo. ¡¡¡No quiere que se detenga!!!
Entra y sale. Sus labios hinchados y rojos no pueden más. Va a estallar.
-“¡Mételooooo!”, gime mientras hunde sus uñas en el brazo del desconocido.
Él sigue sin mirarla.
El hombre, sin dudarlo un segundo, ingresa sus dedos arqueados hacia arriba con mayor rapidez y fuerza. Una y otra vez, tocando ese lugar que tanto placer le da. Una y otra vez. Mil veces por segundo. Una y otra vez. Y el mundo se paraliza, el cuerpo se aprieta, la piel se enrojece y siente como entre sus piernas el río encuentra su caudal. La mandíbula tensa y la respiración entrecortada. La mente en negro y la palpitación entre las piernas.
No hubo necesidad de postre. El almuerzo lo fue todo.
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