Cuando el amor (o la falta de él) nos frustra…

Cuando el amor (o la falta de él) nos frustra…

Conocí a Lucía de casualidad una tarde de primavera, cuando me la presentaron a la entrada de un café. En mi mente no pude más que exclamar ‘¡qué mujer más linda!’. De jeans ajustados, polera blanca y gafas oscuras, caminaba como una gata atrayendo todas las miradas. La envidié, lo admito… Hasta que nos sentamos y al quitarse los anteojos todo cambió.

¿Has visto cuando alguien sonríe con la boca y sus ojos dicen otra cosa? Eso me pasó. Me bastó una broma para verle el fondo del alma en esas pupilas hermosas que tenía.

Confieso ser muy buena escuchando y que casi como costumbre, tiendo a preguntar mucho, oír y no contar nada. Una buena táctica de protección, si lo quieres llamar así.

Y en una hora supe de sus más grandes penas y de cada cosa que le sacaron lágrimas a borbotones. En ese minuto la envidia pasó a compasión y a ganas de apapacharla en silencio. Su apariencia seductora y envolvente se deshizo y se volvió una gatita malherida.

Sus penas eran de amor. Similares a las de la Olivia, una morena de cuarenta que le ha ido excelente en todas las aristas de la vida… menos en la del corazón. Se separó hace rato y me dice que ahuyenta a los hombres con facilidad. Mucha personalidad quizás…

Ellas, como varias que he conocido en el último tiempo, que bordean los 35 años, lucen ese brillo triste en los ojos que me descoloca, esa sensación de soledad que molesta, que no se sabe llevar, que no nos enseñaron a acariciar.

Mujeres con vacíos incómodos que llenan con muchos Happy Hours con las mismas amigas de siempre –y que viven exactamente lo mismo-, con muchísimo trabajo –porque suelen ser trabajólicas y exitosas en sus materias- y que detestan llegue la hora dormir, porque miran el techo con las ausencias de sus deseos incumplidos.

Mujeres solas de adentro… de esa soledad que se siente aunque tengan gente alrededor, pareja, compañero o amigas. Esa soledad que se ve en los ojos aunque quieran engañarte con maquillaje o sonrisas.

Producto de esa renuencia al dolor propio del amor es que aunque busquen al hombre que sueñan, lo espantan. Porque aunque no necesitan de un hombre para vivir, saben –y sabemos- que se vive muy mal sin amor real a tu lado.

Ese historial amoroso que cargamos a veces hasta con displicencia, es lo que hace que cada una sea como es con el otro. Esto es que a mayor nivel de frustración en el amor, mayor probabilidades de no quererte enamorar. Y en ese camino de protección nos ponemos corazas que nos hacen perder nuestra esencia y terminamos comportándonos como hombres, creyendo que así sufriremos menos.

La independencia es rica, pero no si tapa tu frustración por no haber conseguido el amor que mereces. Porque al final del día, al mirarte al espejo, esa independencia sólo te habrá alejado de lo que realmente querías.

Por eso, en ese café, sospeché que al fondo del corazón de esta guapa había un dolor profundo sólo por el hecho de defender casi con obsesión su soledad. Su soledad la reveló realmente como mujer: Una mujer que una vez amó, le dolió y nunca se recuperó.

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