Katherina y Alfredo: pasión bajo el espejo. RELATO ERÓTICO

Se tenían esas ganas que se acumulan por meses y que no se concretan del miedo que provoca sacarlas hacia fuera. Contenidas a presión, se habían dado cita varias veces antes, las mismas que cancelaron minutos previos por el temor de que esa tensión sexual fuese sólo virtual.

Katherina era menor que él y Alfredo, aunque no era muy viejo, lucía maduro y experimentado.

Venían de mundos distintos y sus estilos de vida también lo eran. Quizás por eso es que cuando se conocieron, no pudieron dejar de mantener contacto. En el fondo, se encantaron con la inteligencia del otro y el juego que trascendía lo carnal. Pero tampoco eran capaces de mantenerlo así de por vida. Necesitaban besarse cuanto antes. Y digo ‘necesitaban’ porque esto ya se había vuelto indispensable.

Se dieron cita en la casa de Alfredo, una gigante que estaba inserta en los faldeos cordilleranos, rodeada de árboles frondosos y aroma a tierra a húmeda. Hacía frío, pero había sol. Y en su interior una salamandra grande calentaba el lugar.

Ella entró nerviosa, pero él no la dejó ni saludar. En medio segundo la tomó en sus brazos y la beso como hambriento, como si fuera el último vaso de agua del desierto. La bebió entera y sus manos atolondradas no dejaban de tocarla. Kathy, como le decía él, sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, por miedo, por ganas,  por vergüenza, por todo.

La tomó de la mano y la arrastró casi corriendo a tropezones a su pieza, donde la esperaba con dos copas de vino, ese del bueno. Hicieron un salud por haber concretado el encuentro, un sorbo y él nuevamente se abalanzó ansioso sobre ella.  Sus besos sabían a calentura máxima. Mojados, ahogantes y a ratos hasta dulces. Se frotaba sobre ella como un adolescente y ella se sentía como una. Fue en ese momento en que ella detiene el juego para retirarse el sostén y poder ver su reacción. Sintió que sus pechos eran dos tortas de chocolate para un niño de 5 años. Así las miró él. Como el mejor plato del mercado. Ella sonrió de lado, como malvada y se dejó llevar.

En un intento por comerla toda, Alfredo beso desde el cuello hasta las piernas sin detenerse, pasando un par de veces por la vulva húmeda de Kathy que le suplicaba se detuviera allí. Pero él, nervioso y ansioso, avanzaba y retrocedía como si nunca en su vida hubiese tenido sexo antes. La quería suya ahora, ¡ahora!, pero no entendía que ella no era de nadie y no lo sería jamás.

Le toma las piernas para ponerlas en sus hombros y la embiste con fuerza y decisión, ella levanta la mirada y presencia la escena como espectador, desde ahí, desde el espejo puesto en el techo. ¿Quién tendría un espejo en el techo de su pieza?, se preguntó. Sólo él, sin duda. Se quedó pensando si quizás hasta la estaba grabando para luego masturbarse a escondidas…

Kathy estaba ardiendo ante tanta torpeza que delataba su pasión y su rostro enrojecido por el calor, le entregaban el trofeo a Alfredo y su temor a no ser el mejor. Mientras ella alcanzaba una y otra vez el cielo mirando en el techo cómo era penetrada una y otra vez a toda velocidad. Pensó que quizás él podría desmayarse de tanto movimiento, pero recordó que era deportista y confió en la salud de su corazón.

De pronto se detiene y comienza unas caricias en los pequeños pezones de Katherina. Caricias suaves, casi como si las yemas de sus dedos fuesen plumas, mientras con la otra mano tocaba con insistencia su clítoris. Ya no parecía inexperto, ya parecía más calmado. Un quejido. Dos y se queda sin respiración. Silencio que contiene un grito. Kathy arquea su espalda y encoje sus piernas y el líquido sale fuerte de ella.

Quizás Alfredo sí había logrado que ella fuese suya.

 

Por Karen Uribarri.

Ilustración: Frida Castelli (de internet)

 

2 thoughts on “Katherina y Alfredo: pasión bajo el espejo. RELATO ERÓTICO

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *