“Nunca dejas de sorprenderme”, por Pablo Arestizabal #concurso “turelatoerotico

Subió las escaleras hasta el segundo piso muy despacio, inclusive inhalo y exhaló lentamente como queriendo que ni el aire del resoplido produjera algún tipo de ruido. Había avisado que llegaría tarde, así que lo hacía de esa forma intentando que María quien estaba en la cama a esas horas, no se percatara de su presencia. Abrió lentamente la puerta que estaba a medio abrir y al rabillo miró en dirección de la cama en donde se podía ver el voluptuoso bulto que María formaba con la ropa de cama.
El aire de la habitación estaba impregnado al olor característico de ella mezclado con el olor habitual del lugar. La luz de un farol que quedaba justo afuera de la ventana, dejaba pasar la luz suficiente para poder ver bien en la oscuridad que María tenía lindas formas, era rellenita como le decían las amigas, pero muy curvilínea y quizás lo que más le gustaba de ella, es que era muy suave.
Sigiloso, llegó hasta la orilla de la cama que protegía como un poderoso navío al más preciado botín que Germán deseaba esa noche, quizás como tantas noches, en que de sólo verla aparecer en la habitación vistiendo esa camisola de figuritas de Pucca lo embobaba. Pero esta noche, quiso hacer algo más osado, se había propuesto entrar en silencio hasta la habitación y darle una sorpresa como quizás ella nunca se habría imaginado, al cabo que ya llevaban casi 15 años de casados y algo que sabían hacer bien, es romper la rutina.
Esa noche no fue la excepción. Germán traía puesto un disfraz de una caricatura que a María le encantaba, el novio de Pucca, Garu, no le gustaban esos dibujitos, pero sabía que a veces era necesario ceder a las fantasías de la otra persona para así poder sacar lo mejor de cada uno.
Vistiendo ese cosplay y con la cara maquillada, se desplazó suavemente entre las sábanas que cubrían a su pareja con más kilos que los que poseía cuando se conocieron. Él tampoco era un Schwarzenegger, así que le restaba importancia a los kilos que le sobraban a ambos. María tenía el sueño pesado y eso lo sabía muy bien Germán, quien esta vez quiso usarlo a su favor. El disfraz tenía una abertura justo en la zona del vientre para que en caso de erección poder sacar por ese orificio el pene. Se acomodó detrás de la mujer, mientras con su mano derecha comenzaba a deslizarla suavemente por entremedio del calzón de ella hasta llegar a la zona púbica, la que tenía espeso vello y en cuyo monte rellenito también, podía encontrar el placer que por tantos años le había brindado. Su cuerpo se apegaba al de ella con movimiento lento, constante y firme buscando entrar por detrás hasta rosar los labios vaginales. Germán estaba excitado y la deseaba, deseaba a esa mujer que con kilos de más, sabia brindarle placeres como nunca nadie se lo había dado. En ese vaivén excitante, en donde su glande palpitante rosaba la entrada a la vagina de María, un sutil pero suave movimiento de parte de ella, le decían sin mencionar una sola palabra que había despertado, que entendía el juego y que estaba deseosa de que siguiera con su atrevida arremetida. La diestra de Germán, que quedaba libre, acariciaba el clítoris escondido que María ocultaba como una perla maravillosa en su concha. El jugueteo ya correspondido, provocaba en ellos total delectación, el calzón que ella traía puesto no había sido obstáculo para meter toda su virilidad hasta toparse con su compañera de amores que lo esperaba ansiosa lubricando el camino para el maravilloso encuentro. Ya se podía oler en el aire el olor a feromonas que vertían ambos cuerpos extasiados y un suave y sutil gemido que salía de la boca de María era junto al leve rechinar de la cama, lo único que se escuchaba.
El pene vertiendo su esperma, suavemente penetró las paredes de la vagina que dilatada lo anhelaba, lo necesitaba. La linda mujer, se acomodó para permitirle a Germán una mejor penetración el que totalmente excitado arremetió suave pero profundamente hasta quedar unidos como un solo cuerpo. Ahora sus manos más agiles, recorrían esas voluptuosas curvas que para él eran el más hermoso paisaje
que embriagaba su mirada, a pesar de la poca luz, miraba esa regordeta pero muy curvilínea silueta. Después de un buen rato en que sus cuerpos se entregaron a esa pasión casi desenfrenada del coito por detrás, María se volteó suavemente hasta quedar de frente a él, se miraron por unos segundos mientras sus sexos nuevamente unidos se amarraban como poderosas cuerdas que no se pueden soltar tan fácilmente y que tiran y aflojan como estrobos sosteniendo pesada carga en alta mar. Se emborracharon de sí mismos, mirándose como el primer día, cuando torpemente lo habían hecho sobre una cómoda que estaba guardada en el garaje del padre de María. Los años habían pasado pero no para ellos, en su mente, aún estaban esos rostros enjutos de adolescentes. Sus bocas de unieron en ese poderoso rito del beso, mientras que sus cuerpos se movían al compás de una melodía inexistente. Ahora ese vientre suave y húmedo recibía el movimiento incansable del miembro duro y firme que Germán usaba como a María le gustaba. Sus mejillas estaban arreboladas por el agitado embiste y por el placentero esfuerzo que debían poner en tan deliciosa empresa. María ya acostumbrada a la escasa luz, recién después de un buen rato haciendo el amor, notó que Germán vestía como el novio de su caricatura favorita; como Garu, una risotada inusitada inundó el ambiente que ya estaba viciado de olores extraños. German un poco atolondrado la miró sorprendido, pero contento. Después de algunos segundos, pudo percatarse que también María traía su cara maquillada como Pucca, en ese instante su risa inundó el ambiente uniéndose a la de ella. Ahora eran cómplices de sus locuras de enamorados. Habían coincidido sin proponérselo en disfrazarse para una ocasión especial; Su aniversario número dieciséis. La risa juguetona, las caritas pintadas, el cuerpo de María, ese miembro duro y ese vientre rellenito pero suave que los unía en un brutal frenesí, eran el cóctel perfecto para continuar estremeciéndose por completo en un tiempo único en que dos personas entregan no sólo sus intimas partes, sino sus mentes y tal vez como diría alguien, hasta el alma. Los gemidos de María se ahogaban cuando ella apretaba sus dientes contra el labio inferior y cerraba sus ojos en una catarsis de gozo pleno. Sus piernas regordetas eran elevadas hasta los hombros por Germán que sin torpeza alguna las ponía en posición que le permitieran tener libertad para seguir bombeando su vitalidad dentro de tan dulce bocado que María tenía solo para él, para que bebiera de su néctar y comiera de su fruta. Él sabía cómo complacerla, no había sido fácil, solo resultó cuando después de una noche nefasta, habían decidido conocerse y conocer sus goces más plenos en un acuerdo firmado casi con sangre. El que después, les había permitido disfrutar al máximo su sexualidad, quizás como nadie. La penetración era para ellos un elemento casi secundario, porque habían aprendido a hacer el amor de muchas otras formas tan distintas y a complacerse mutuamente que en su intimidad eran las criaturas más dichosas que podían existir.
Ahora, que faltaba muy poco para que se vinieran, la temperatura de sus cuerpos había subido algo, sus mofletes se habían enrojecido, sobre todo los de María, que en posición del jinete contrastaba su piel blanca, con el color moreno de la piel de Germán. Su destreza en mover tan maravilloso cuerpo y en sentirse plena con el hombre que amaba, los hizo terminar como un atleta que llega a la meta después de un gran maratón extenuante, pero que saborea la victoria con un enajenado sentimiento de gozo inefable. El gemido de Germán, que sonó casi como un dolor del alma fue la prueba de que su cuerpo entregaba en el vientre de María su vitalidad, su locura, su semen.
Abrazados, pintarrajeados y con los disfraces tirados por la habitación, se durmieron casi desfallecientes pero contentos de saber que la imaginación los ayudaba en su viaje hacia la plenitud del acto sexual más allá de la rutina a la que viven expuestos la mayoría.
En la sala de estar, aguardaba hasta el día siguiente un gigantesco bouquet de rosas rojas, junto a un váucher aéreo que decía Sao Paulo.

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