Relato Erótico 1. Carmen, la morena voluminosa.

Relato Erótico 1. Carmen, la morena voluminosa.

Carmen es dueña de un trasero voluminoso. De esos bondadosos llenos de carne y movimiento, pero que tienen el encanto -o la suerte- de haber sido tallados con formas de frutas, jugosas y tentadoras. Y aunque se sabía llamativa, a veces se avergonzaba de las miradas de sus vecinos cuando la veían pasar a mediodía con ese vestido largo blanco de seda y algodón, que dejaba traslucir esa tanga diminuta pero simple.

Su pelo era largo y desordenado, de un color negro azabache, de esos que brillan azulosos al sol de diciembre. Y con el sudor de su piel y los ojos tímidos, llegar invicta al negocio de la esquina era tarea imposible.

Carmen, con sus 32 años, sabía muy bien lo que quería… el problema era que no lo encontraba.

Vivía en esa casa de fachada color vainilla, con las ventanas con rejas y la puerta de madera. Al costado, una chapita de la Virgen de Guadalupe bendecía el ingreso a su hogar. Allá­ vivía con un gato rubio y un perro blanco bien chascón. Su madre había muerto hace 3 años y desde entonces la soledad era su compañera. Ya se acostumbraba a ella, pero el calor del verano algo le producía y sudaba más de lo acostumbrado, sobre todo cuando pasaba frente a la casa de Roberto, el nuevo vecino extranjero que había llegado al barrio.

Roberto era el típico latino de piel un tanto bronceada, mucho vello y cejas tupidas y abundantes. Tenía una mirada que desnudaba y unas manos grandes y masculinas que hacían soñar.

Un día Carmen se lo encontró en la feria, cuando él se acercó por atrás y la rozó con intención, excusándose que sólo quería elegir las uvas que tenía enfrente. Ella lo miró y sintió que el pecho se le aprisionaba y que apenas podía respirar. Pero en la primera inhalación sintió su aroma e inmediatamente supo que de allí­ no podrí­a salir.

Mientras el corazón le latí­a fuerte y sentí­a que sus piernas temblaban y algo humedecía su cuerpo, sólo atinó a sonreí­r de lado, asustada, avergonzada y apasionada. El entendió inmediatamente el mensaje. Habí­a química y él también la sentía. Pero aun así­ se alejó del lugar sin más.

A la semana siguiente Carmen se lo encontró en la panadería y él no esperó un segundo para invitarla a pasar a su casa por un poco de té helado que habí­a preparado para ese dí­a, que según habí­an anunciado, serí­a el más caluroso de la temporada. Ella no acostumbraba a aceptar esas invitaciones, menos de alguien que no conocí­a; pero en esta ocasión sintió que no sólo estaba al borde del precipicio, sino que además quería lanzarse corriendo a él.

Carmen se toma el pelo al costado y le muestra coquetamente el cuello, mientras susurra asustada un sí­ tiritón. Roberto la toma de la cadera y la lleva hasta su casa. Abre la puerta y justo cuando ella entra, él la toma por la espalda y acapara sus caderas con decisión y se apoya en ella contra la pared. Ella respira agitada, pero entusiasmada. El levanta su vestido para, por fin, agarrar esas grandes nalgas que admira desde el dí­a que llegó. Las apreta fuerte para abrirlas con las manos y dejar caer ahí su humanidad erecta y masculina. Le corre el cabello y la besa en el cuello, en la espalda, en la nuca, en los hombros, hasta llegar a saborear el lóbulo de su oreja. Ella gime, está excitada, no puede controlarlo ni lo quiere detener. Él tiene su mano dentro de ella y el sonido del movimiento lo calienta aún más. Un dedo, luego dos, tres… se desespera. Ella se desespera también. Y con su mano derecha decide recorrer su cintura, su vientre, sus pechos… esos pechos de pezones duros y piel erizada. Ella pega un grito, uno gutural, de esos que se escapan porque el placer es tal que nada lo contiene. Y levanta la cola. Su cuerpo se lo pide. Ella se lo pide… Pero Roberto saca la mano mojada, la gira para mirarla a los ojos y sonrí­e, mientras se chupa los dedos con esa sensación de poder y victoria.

Carmen no entiende qué pasa. Ella está agitada y él no continua. Y ella es muy tí­mida para tomar protagonismo.

Se sirven el té..

Al dí­a siguiente, fue a comprar el pan con el mismo vestido, pero olvidó la tanga.

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